lunes, 13 de abril de 2009

LO QUE IMPORTA SON LOS DETALLES

LO QUE CUENTA SON LOS DETALLES

 

Según él, casi no recuerda detalles de su primer encuentro casual. Recuerda que había bajado 20 kilos en dos meses. Recuerda la excitación que sentía cada vez que se miraba al espejo y el dolor en el abdomen después de mil quinientas abdominales diarias. Recuerda también la frustración porque la piel no desparece tan rápidamente como los kilos, y deja rastros de la gordura pasada. Recuerda que su padre por fin aceptó que estudiara gastronomía, a lo que siempre se había opuesto porque es una carrera de maricones.

Ese viaje al DF signficaba la realización de varios deseos: Se incribiría en la escuela de Gastronomía y empezaría la búsqueda de un departamento ¿Se puede pedir algo más a los 19?

 Tomó el autobús en Venta Prieta para asegurarse de ser el último en abordar y no tener que soportar a un gordo sudoroso, o una fea con peste a Freiche. A las 9:30 subió al autobus y no supo si esa sonrisa iba dirigida a él, a al churro de película que puso el chofer. Se sentó en el ultimo asiento, junto al baño. Arrancó el autobus y levantó la codera para subir las piernas en el otro asiento, cuando la sonrisa de dientes blanquísimos y perfectos apareció ante él: ¿Me puedo sentar?

¡¡¡¡¡Por supuesto que te puedes sentar!!!!! Por fortuna los nervios sólo le permitieron emitir un seco: Sí.

         Insiste en que no recuerda detalles de ese día. Pero recuerda que medía como uno setenta, era fornido, de pelo muy corto y usaba una camisa vaquera que dejaba al descubierto sus pectorales. Los pectorales que siempre había soñado y para cuya cirugía llevaba dos años ahorrando. Cuando bajó la mirada, estuvo seguro de que lo estaban seduciendo y no alucinaba, la sonrisa tenía una erección que parecía iba a reventarle el pantalón. No lograba quitarle los ojos del pene.  Su corazón latía tan fuerte que temía que los del asiento 1 y 2 lo escucharan. Una boca húmeda y cálida lo sacó de su asombro, y una mano grande y fuerte le tocó el pene y se lo paró.

         Se olvidó de todo. De la escuela, del departamento, de Brenda, de su padre, de los maricones… No sabe en qué momento ni cómo terminó agachado mamándole la verga hasta que se vino en su boca. Sus dientes un poco torpes al principio, rozaron varias veces el pene de la sonrisa, y en más de una occasion, sintió que la cabezota aquella lo asfixiaba. No recuerda si estaba excitado o tenía miedo. Recuerda que la sonrisa tomaba su propio pene entre las manos y lo dirgía dentro de su boca, hasta que el temor fue cediendo a la sensación de la carne caliente y húmeda, que pronto se convirtió en un abundante chorro de leche con el que casi se ahogó. Tosió repetidas veces y sintió el calor subiéndole a la cara, mientras la sonrisa le daba golpes fuertes en la espalda. El del asiento de enfrente volteó a verlos con ojos acusadores. No recuerda si era mujer o un hombre, sólo recuerda la mirada acusadora, el sabor ácido de la leche en su boca, y la incomodidad de sus pantalones mojados. Nunca antes se había venido sin que lo tocaran. Nunca antes se había venido mamando una verga. 

Después llegó su turno. Cómo decirle que sus pantalones estaban mojados, y su pene todavía latía con la sensacion del orgasmo; no soportaba ni siquiera el roce de sus calzoncillos. No le dio tiempo a decir nada. Ya la mano estaba dentro de sus calzoncillos y mostaraba sus blanquísimos dientes al sentir el pantalón mojado. Le dio una clase magistral de cómo mamar la verga sin rozarla con los dientes y cubriéndola por completo con la lengua. No recuerda si vivió un remolino de sensaciones, o la lengua de la sonrisa era un remolino.    

Apenas le dio tiempo de subirse el cierre del pantalón cuando llegaron a indios verdes. Sentía que las piernas no le respondían y que todo el mundo percibía el olor a sexo. No dio las gracias al chofer como acostumbraba por temor a que le llegara el tufo a leche. Caminó rápidamente hacia la entrada del metro, no se atrevió a mirar hacia atrás, hasta que de pronto sintió la presencia del alguien junto a él, era la sonrisa. Se miraron, sonrieron. La sonrisa preguntó qué iba a hacer y él tontamente, como quincieñera recién desvirgada dijo: Nada. La sonrisa miró su reloj y afirmó: Tengo tiempo. 

Él siguió a la sonrisa sin preguntar nada más. Caminaron uno al lado del otro y subieron al metro, se bajaron en Hidalgo, tomaron un micro y sólo unas cuantas cuadras después le miraba las nalgas mientras la sonrisa se registraba en el Fiesta Americana Reforma. Sonrío para sí mismo, hasta hace dos meses ni siquiera lo miraban, ¿o sera que él no se daba cuenta si lo miraban?

Le hizo una seña con la cabeza y lo siguió hasta el elevador. No recuerda si hablaron o permanecieron callados. Sólo recuerda que las manos comenzaron a sudarle incontrolablemente. Por más que las metía en los bolsillos para secarlas, parecía que producía el efecto contrario, era como si al restregarlas en la tela las exprimiera.

Piso 4. Habitación 402. La sonrisa tenía como 33 años. No llevaba anillo de casado. Los jeans eran de marca, igual que la camisa y las botas. Buen gusto para vestir, definitivamente no era un auténtico vaquero. Profesión indeterminada.

Su piel trigueña era suave y olía a madera. Las piernas eran perfectas, musculosas, fuertes, con mucho vello, oscuro y largo. Lo extraño es que no recuerda ni su rostro, ni los detalles.

No le dio pena quitarse la ropa y dejar al descubierto su carne flácida y con estrías ante un cuerpo tan perfecto. Ya no pensaba en eso cuando estaban en el cuarto, sino en que jamás lo habían penetrado. Él jamás había pentrado a nadie. El miedo comenzó a superar al deseo, y lo bloqueó.

No recuerda nada más. No recuerda si le dijo que era su primera relacion homosexual, o cómo supo la sonrisa que era su primera vez. Pero lo supo, porque se limitó a acariciarlo, y a contarle vanalidades que tampoco recuerda. Recuerda esos ojos negros mirándolo. Recuerda sus cuerpos desnudos sobre la cama, frente a frente, rozándose. Recuerda que no lo disfrutó tanto como en el autobús. Recuerda que miraba el reloj sobre el buró y pensaba que iban a cerrar la escuela y no podría inscribirse. Recuerda que recordaba que a las 4:00 debía de estar de vuelta en Pachuca si quería mantener contento a su padre, y que a las seis había quedado de verse con Brenda. Recuerda que como a eso de las dos la sonrisa se levantó de la cama y le dijo que podía quedarse, le regaló una más de sus perfectas sonrisas mientras se vestía. Lo beso nuevamente, al principio apenas rozando sus labios, después, metió la lengua en su boca, y jugueteó con la de él. La sensacion era refrescante, como un trago de agua de manantial. Entonces se marchó.  

Durante un momento miró la habitación sin saber qué hacer. Prendió la television. Fue al baño y abrió la llave de la tina. Se paró frente al espejo de cuerpo completo y empezó a masturbarse. Lo hizo cinco veces y todas se vino. El dolor de estómago le recordó que no había comido. Cuando salió Reforma estaba iluminada por los anuncios y los faros de los autos. Pensó que su papa lo mataría. No recuerda nada más.

        

 

        

        

 

S/T

La sangre que habita la noche

Acompaña a galope al miedo

Y en un Castillo de encinos,

te pierdo porque no encuentro

el elixir de mi sino.

 

Afuera la luna canta

Embelesada, a tu cuerpo

Y una sombra azul platino

Te recorre en el desierto

De blancas llamas de adviento.

 

El cierzo ulula a lo lejos

Donde el festín de bacantes

Enciende fuego a las vilas

Que amordazaron tu aliento.

 

Un cuerpo posa en el vientre

Que gobernaron las vilas

Asfixia fue la cimiente

De tu muerte y de la mía.

 

 

 

12 de marzo de 2001.

 

Para quien asuma el riesgo:

 

Te ofrezco mi locura

Y mi arrepentimiento,

La cordura que no entiendo

Y la desilusión que me lacera.

 

Te ofrezco la fortaleza

que no poseo

y la fidelidad que no practico,

a sabiendas de que tu amor

podría ser suficiente

para hacerlo.

 

Te ofrezco mi temor

Y mi presteza al riesgo

El compromiso que nace de mí a ti

Y los pasos inciertos

En este Puente trémulo.

 

Te ofrezco mi mundo de ficciones

Los temblores del cielo

Y Altazores en ramo

a cuya orilla vivo.

 

Te ofrezco lo que todos temen

Mis noches de insomnio

Los días de tormenta

Las tardes hirientes que me flagelan.

 

Te ofrezco el mundo gris del que quiero escapar,

Mi pasión desmedida,

Mis manos desnudas,

Mis mil y una muertes

Y una licencia para que huyas.

 

23 de marzo de 2001.

 

 

 

 

 

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